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Las grandes Vueltas deberían ser “El decathlon del ciclismo”

Montpellier - France - wielrennen - cycling - radsport - cyclisme - Peter Sagan (SLK-Tinkoff) - Chris Froome (GBR-Team Sky) - Geraint Thomas (GBR-Team Sky) - Maciej Bodnar (POL-Tinkoff)  pictured during stage 11 of the 2016 Tour de France from  Carcassonne to Montpellier, 164.00 km - photo NV/PN/Cor Vos © 2016

Por Asier bilbao

El decathlón, competencia de atletismo que consta de diez pruebas combinadas (cuatro carreras a pie, tres lanzamientos y tres saltos), está considerado como uno de los deportes más completos. La diversidad de las pruebas que lo componen impide la especialización de los competidores, poniendo al descubierto tanto los puntos fuertes como los puntos débiles de cada atleta. Por lo tanto premia a los atletas excepcionales.

El decathlón moderno se desarrolló a partir del antiguo pentathlón de las Olimpiadas Griegas, que implicaba cinco disciplinas: salto de longitud, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina, una carrera corta a píe y un combate de lucha. Introducido en Olympia en el año 708 A.C. la competencia fue muy popular durante muchos siglos. Hoy día la obtención de una medalla de oro en el decathlón sigue siendo uno de los títulos más prestigiosos de los Juegos Olímpicos. Esta competencia apareció por primera vez en el programa del atletismo en los JJ.OO. de Estocolmo en 1912. En la prueba se impuso el legendario Jim Thorpe, quien también venció en el pentathlón. Hasta hace pocos años el título de “Mejor atleta del mundo” se lo llevaba el hombre que ganaba el decathlón olímpico. Esta tradición viene de cuando el rey Gustavo V de Suecia le dijo a Thorpe: “Usted, señor, es el más grande atleta del mundo”.

Froome trotando en el Mont Ventoux. Retrato de la decadencia del Tour

Las Grandes Vueltas (GV) deberían premiar siempre, sino al mejor ciclista del mundo, si al más completo de entre sus participantes. Pero la tendencia actual en estas carreras penaliza totalmente a los corredores completos respecto al resto de ciclistas. Lo que desvirtúa lo que debería ser, en mi opinión, una vuelta por etapas de 3 semanas. Recortar las distancias de las etapas, reducir los kilómetros CRI para restar importancia a la disciplina, programar muchas etapas de montaña y casi todas con final en alto, etc. es como si en el decathlón se decidiera eliminar la mayoría de las pruebas y se cambiaran por carreras donde prima la velocidad y explosividad de los atletas (50m, 60m, 100m, 110 vallas, 200m, 400m, 400 vallas, etc.) solo porque las estrellas más mediáticas del atletismo, los que acaparan todas las portadas y titulares y aumentan el rating, son los velocistas como Usain Bolt o Justin Gatlin. Sería muy triste acabar con la esencia del decathlón solo por dinero. Pues esto es precisamente lo que se está haciendo con las GV: acabar con su principal esencia, coronar la excelencia deportiva.

La deriva hacia la mediocridad

Hace unos meses se presentó el recorrido de la Vuelta a España 2017. Y aunque tiene detalles que me gustan, como la abundante media montaña, los encadenados de las dos etapas reinas, que tenga la CRI más larga y que se suban los dos puertos más duros de las 3 Grandes Vueltas el próximo año… como era de esperar será una GV muy desequilibrada e incompleta. Se repite la pésima tendencia de ediciones anteriores, con las excesivas metas en alto, las distancias indignas de la categoría profesional de las dos etapas reinas, que solo haya una CRI o el exagerado número de muros de rampas extremas como meta o muy cerca de la llegada. Con este recorrido se confirma la deriva a peor de las pruebas por etapas en los últimos años. Sobre todo en las carreras organizadas por ASO (Tour, Vuelta, Dauphiné, París-Niza, Tour de l’Avenir), que están empujando a una espiral de mediocridad a la lucha por los podios de las clasificaciones generales. Por estar claramente descompensados en el balance entre CRI y montaña a favor de una sola de las muchas especialidades del ciclismo: la de los escaladores de meta en alto respecto a ciclistas más completos.

Los favoritos llegando de paseo en una etapa de montaña en el Tour 2016

Las cronos parece que les molestan, porque programan pocas y muy recortadas de kilometraje, hasta dejarlas casi como una anécdota. Las etapas de montaña son más cortas, tienen menos desnivel, son demasiadas respecto del global de etapas y casi siempre son con llegada en alto. Todo esto va en paralelo con la reducción de la dureza general de los recorridos en las GV, con fracciones cortas, que además de lograr que las reservas y las fuerzas de los ciclistas estén más igualadas (que es lo que buscan los organizadores para vendernos su visión de lo que es ciclismo emocionante), eliminan el ciclismo de fondo de toda la vida y lo sustituyen por el explosivo. A base de la reiteración de un modelo de recorridos de escenario limitado, ha surgido una generación de corredores que, salvo excepciones, no saben correr bajo otras variables fuera de las que han conocido ni han demostrado amoldarse a otros guiones. Este tipo de trazados descompensados fomenta y favorece claramente que se dé la mediocridad; porque los ciclistas actuales no se ven en la necesidad de explorar su región crítica de sufrimiento. Saben que no lo necesitan, porque optimizando sus ataques pueden sacar mayor beneficio.

Está claro que la filosofía de este nuevo modelo de recorridos es la de reducir la exigencia y las distancias para hacer carreras “entretenidas”. En teoría el propósito de los organizadores es que no se abran grandes diferencias para que haya “emoción hasta el final”. Pero al reducir la dureza global acaban con la esencia principal de las grandes pruebas por etapas. Detalle que en mi opinión refleja una evidente decadencia de las GV, sobre todo de la que es considerada como “la mejor carrera ciclista del mundo”.

La excepción que confirma esta regla son los diseños de los recorridos de los Giros de Italia 2015-2017. A los paladares exigentes por fortuna aún nos queda la Corsa Rosa, con sus etapas clave que superan los 200 kilómetros, con sus volatas endiabladas, sus emboscadas, sus variadas etapas de media montaña, el sterrato, CRI más o menos largas y los tappones de alta montaña con encadenados de ensueño y puertos durísimos y rompedores en el menú.

Con recorridos como los actuales, Lucho quizá hubiera ganado el Tour

Las modas que van y vienen

Ya no se corren las eternas etapas de 400 o 500 kilómetros de hace un siglo. Las CRI de más de 100 kilómetros desaparecieron hace tiempo. Y las cronos por equipos que superaban esta misma distancia no se disputan desde comienzos de los 80. Las maratones de alta montaña, las verdaderas etapas reinas de más de 200 kilómetros, esos etapones de largo aliento con perfil de dientes de serrucho que producen respeto solamente con mirar las altimetrías ahora solo los podemos ver una vez al año, sobretodo en el Giro.

(Leer Ciclismo épico vs ciclismo moderno)

Desde sus comienzos el ciclismo de competición ha ido cambiando de a poco, muchas veces según los intereses de los organizadores de las carreras. El Tour favoreció sin disimulo a Anquetil, poniéndole cronos largas y alejando los puertos duros de la línea de meta en las etapas de montaña. Cuando llegó Merckx las distancias de las CRI se redujeron drásticamente, para tratar de evitar en vano que El Caníbal arrasara. Con el advenimiento de Hinault y su todopoderoso equipo Renault regresaron las CRE y CRI largas.

Pero los cambios de ahora no significan evolución, sino más bien regresión. Porque ya no se busca coronar a los ciclistas más completos. Y lo más triste es que resulta ser intencionado. En los recorridos del Tour hay un antes y un después a partir de la edición del 2013 a la hora de programar más o menos kilómetros CRI, más o menos etapas de montaña, más o menos llegadas en alto. Casualidad el año en que Nairo Quintana hace su aparición en la élite. Podemos decir que Nairo tiene mucha suerte con los recorridos del Tour que le están tocando. No se puede quejar.

Un ejemplo diciente para que vean la importancia de las modas en los diseños de los recorridos de las GV a la hora de acumular palmarés: Lucho Herrera en el Tour 1985 era, sin ninguna duda, el mejor escalador. Pero Lucho era un ciclista bastante incompleto: pésimo contrarrelojista, muy mal rodador, un bajador lamentable y nulo al sprint. A pesar de todas esas limitaciones, en una edición donde hubo poquísima montaña, si exceptuáramos los tiempos de las fracciones cronometradas, El jardinerito de Fusagasugá fue el mejor en el cómputo de tiempos de las etapas en línea, como se puede ver en este enlace. Nunca sabremos cuántas Grandes Vueltas hubiera podido ganar Herrera con recorridos como los actuales. Pero unos Tours y Vueltas como los de los últimos años, con tanta llegada en alto y tan poca CRI, disputados hace 30 años, seguro los hubiera ganado casi sin despeinarse.

Hasta hace pocos años, el Tour lo disputaban corredores completos

Campeones: los atletas más completos

El principio de selección natural favorece a los organismos mejor adaptados a los ambientes más complejos. Además obliga al resto a adaptarse para sobrevivir. El que no contrarrelojea debe entrenar más para cronear mejor. El que no sube bien debe sacrificarse para complementar ese vacío. El ciclista completo merece tener siempre más oportunidades de vencer que uno que es solo escalador o solo cróner. Porque domina, sino todas, sí gran parte de las especialidades del ciclismo. Está por tanto más cercano a la excelencia deportiva. Lo que se conoce de siempre como un verdadero Campeón.

Hasta hace poco el Tour lo ganaba prácticamente todos los años un ciclista completo, al que podía considerarse oficiosamente como El Auténtico Campeón del Mundo. Pero la prueba gala siempre ha beneficiado a los escaladores. Para vencer en el Tour es una condición imprescindible subir bien. Quien no se muestre como uno de los cinco mejores grimpeurs tiene pocas opciones hasta de alcanzar el pódium. Y en general el ganador de una GV siempre es uno de los mejores escaladores de la edición. Pero esto, que es lo lógico, no siempre sucede al revés, porque últimamente muchas veces los ganadores no han sido de los cinco mejores contrarrelojistas y/o rodadores de las GV.

Por un motivo de prestigio para las GV, para “que gane siempre el mejor” sería conveniente que los recorridos se diseñasen para que el ciclista más completo establezca su dominio. Deberían premiar al mejor corredor, ofreciendo todo tipo de terrenos para calibrar las habilidades de quienes luchan por la carrera. Para garantizar el equilibrio de la competición son fundamentales unos trazados más compensados, sin rebajar nunca los niveles de exigencia física. Para que el principio de selección darwiniana se dé debería haber mucha CRI y mucha montaña; sin importar si “el mejor” logra imponer “demasiado pronto” su jerarquía y logra vencer con muchos minutos de diferencia sobre el resto. El Tour sobre todo, como GV de referencia en la que se presentan los mejores vueltómanos, debería ser una carrera que obligue a adaptarse a los corredores a un modelo de recorrido determinado; y no al contrario como sucede ahora, donde los organizadores rebajan la exigencia de los trazados para que las diferencias entre los ciclistas completos y los que no lo son se atenúen y se cree un “emocionante” pero falseado escenario de competitividad.

Las CRI las inventó Henry Desgrange, el creador del Tour, como una forma de castigo a los ciclistas, por negarse estos a competir e ir de paseo durante la mayor parte del recorrido de las interminables etapas que se corrían en aquellos años. Y a partir de aquel momento se convirtió en una de las disciplinas básicas del ciclismo en ruta; quizás la más justa: cada atleta con su bicicleta, luchando en solitario contra la carretera y el tiempo. Dominar el exigente desafío físico-psicológico del esfuerzo individual contra las manecillas del reloj es lo que distinguía a los grandes campeones del resto de corredores. Por esto es lamentable el actual recorte de kilómetros contra el crono en las GV. Los grandes contrarrelojistas tienen derecho a expresarse en su terreno y sacar ventaja de su mayor capacidad para rodar en terreno más o menos plano. Y los verdaderos aficionados al ciclismo tenemos el derecho de disfrutar viéndolos rodar acoplados a sus máquinas.

Las denostadas CRI son “la disciplina de los campeones”

Los actuales organizadores de GV ponen como excusa para la reducción de las CRI, sobre todo de las largas y planas, que se trata de la especialidad ciclista más aburrida y menos espectacular. Según dicen, las retransmisiones de las cronos no le resultan atractivas al espectador promedio. Pueden tener parte de razón. En los tiempos que vivimos, en los que prima la inmediatez, estar viendo durante horas a los ciclistas con sus indumentarias y bicicletas estrafalarias, mientras evolucionan las referencias en cada punto de paso, puede que no sea lo más interesante que uno pueda hacer con su tiempo libre. Pero la verdadera razón por la cual las CRI son cada vez menos y más cortas no es ni siquiera que los organizadores quieran mantener la clasificación general lo más apretada posible hasta el final. La drástica disminución de las cronos viene del hecho de que los ciclistas que los aficionados más desean que triunfen en las GV son los escaladores. Y para mantener intactas las opciones de victoria final de estos los organizadores los favorecen, perjudicando sin pudor a los contrarrelojistas y ciclistas más completos.

(Leer El ciclismo de ataque debe regresar a las carreras)

Para justificar la reducción de las CRI hay un mantra que consiste en repetir hasta la saciedad que las cronos hacen excesivas diferencias y condicionan las carreras, quedando los recorridos descompensados a favor de los cróners, que pueden sacar unas ventajas poco menos que insalvables para los escaladores actuales. Y para que estos “favoritos de las audiencias” no tengan necesidad de remontar demasiado tiempo en la montaña (en teoría el terreno donde mejor se deberían expresar) frente a los denostados contrarrelojistas, los organizadores programan menos kilómetros CRI, muchas veces con trazados en un formato que desnaturaliza la esencia de la disciplina, con repechos y curvas que dificultan el rodar acoplados, todo para que los escaladores no sufran diferencias imposibles de conjugar. Porque si un rodador de los que aguanta bien la montaña saca mucha ventaja en las cronos, lo que se nos dice es que los escaladores puros actuales desistirán de luchar por la general y se conformarán con buscar como mucho un Top-10.

Las CRI largas colocadas en medio de una GV crean un desgaste enorme, siendo aquellos organismos mejor adaptados los que se ven más favorecidos. Esta disciplina supone un gasto físico importantísimo y marca psicológicamente para el resto de la carrera, por lo que es fundamental para valorar la calidad de los ciclistas. Varios de estos grandes contrarrelojistas son de facto atletas bastante completos, que suben muchas veces más que los escaladores de segunda fila. Por eso escuchamos que ya no se puede sacar diferencias en la montaña como antes; porque escaladores de 2ª no son capaces de recortar tiempo a buenos croners que se esfuerzan en mejorar en la montaña. Pero el modelo que impera actualmente promueve que tanto los contrarrelojistas como los escaladores apenas entrenen las CRI. Los ciclistas de GV trabajan menos globalmente, y a cambio corredores mediocres pueden obtener mejores resultados. Aumentar las cronos en las GV tendría un efecto enorme y haría que muchos de estos escaladores aupados a la élite por mor de los recorridos descompensados se tropezaran de bruces con la realidad. Y nos permitirían comprobar de qué pasta están hechos estos escaladores modernos. Sabríamos si se trata verdaderamente de escaladores vueltómanos o nos encontramos ante unos que se limitarían a buscar victorias de etapa.

un aspirante a vencedor de GV debe ser un excelente escalador

“El mejor escalador” no necesariamente es “el mejor ciclista”

Alguna mente iluminada decidió que las estrellas mediáticas del ciclismo, las que más audiencias atraen, los que mayoritariamente gustan al público, son los escaladores. Y para aumentar los ratings y obtener así mayores ingresos por publicidad, decidió que había que diseñar las GV para que estas “nuevas estrellas” brillen. Condenando al ostracismo a los ciclistas completos “porque son aburridos y no atraen a las audiencias”. Efectivamente, lo que se busca con los recorridos actuales es que los escaladores explosivos (también llamados pancarteros por su tendencia a esperar a los kilómetros finales de la meta en alto de turno para lanzar sus ataques) vayan sacándose diferencias pequeñas entre ellos sin que tengan que preocuparse por los contrarrelojistas. Según está montado el ciclismo moderno, se espera que así haya incertidumbre sobre el resultado hasta el final, y eso genere emoción y expectación. Por esta razón las carreras de tres semanas actuales se las están jugando básicamente los escaladores, que corren en trazados completamente propicios. Ya no necesitan de gestas épicas, rompiendo las carreras muy lejos de meta en etapas de gran fondo para sacar unas diferencias amplias sobre sus rivales. El supuesto “espectáculo de la montaña” se restringió a propósito a los últimos kilómetros de las llegadas en alto.

(Leer El escalador de resistencia se dejó vencer del pancartero)

La reciente relación “el mejor escalador = el mejor ciclista” es falsa. La gran mayoría de estos escaladores modernos que luchan por la general no están acostumbrados a tener que luchar cuerpo a cuerpo, en solitario y durante largos periodos de tiempo. No necesitan saber rodar ni en el plano, en la montaña no saben subir a su propio ritmo, siempre a rueda de los gregarios (propios o de otros equipos) y son incapaces de lanzar ataques sostenidos. Sólo saben atacar a acelerones que no pueden mantener durante demasiado tiempo. Estos arreones sólo tienen éxito cuando falta poco para la llegada. Y si algún rival les coge rueda lo normal es que desistan, descansen y cojan aire; quizás para intentarlo algo más tarde.

Antes, los grandes escaladores, si querían hacer una buena clasificación general de GV no tenían más remedio que mejorar contra el crono a base de sacrificio y de capacidad de sufrimiento. Y a su vez debían ser capaces de sacar verdaderas diferencias en la montaña. Ahora simplemente no lo necesitan. Hoy día, con tantos finales en alto duros, es posible ser un mal contrarrelojista y hacer muy buenas calificaciones; incluso ganar el Tour. Cuando en mi opinión, un escalador “que sólo sabe subir” no debería ganar una Gran Vuelta por etapas. Pero la tendencia actual supone una manipulación directa de la competición. Muchos escaladores de 2ª fila, beneficiados por la deriva de los recorridos, se ven aupados a puestos cabeceros, incluso luchando por las GV, cuando por justicia deportiva no deberían estar ahí. Antes no tenían esa oportunidad, simplemente porque no tenían suficiente nivel para hacerlo. Debían conformarse con ganar alguna etapa, luchar por la clasificación de la montaña y colarse en el Top-10.

(Leer Colombia, el país de los escaladores, ¿únicamente?)

En cambio, a un escalador que gana en trazados hostiles, con su buena dosis de CRI, se le puede considerar como un verdadero campeón. Por ejemplo, el año que Pantani ganó el Tour sólo hubo dos finales en alto: Plateau de Beille (HC) y Deux Alpes (2ª categoría). En cambio tuvo que esforzarse en solitario durante dos fracciones que sumaban 115 kilómetros cronometrados, todos más o menos planos. Y su emocionante victoria quedó grabada a fuego en el recuerdo de los aficionados que pudimos vivirlo.

Los abanicos nos brindan momentos de verdadera emoción

El concepto moderno de “emoción”, sinónimo de aburrimiento

En el negocio del entretenimiento audiovisual de los deportes de masas lo que importa no es, por llamarlo de alguna manera, “la justicia deportiva”; el gastado dicho de “que gane el mejor”; sino el vil metal. Y el billete lo da la publicidad unida a los altos índices de audiencias. Audiencias a las que se les vende que “lo importante es que haya emoción”. Emoción que en el caso de las pruebas por etapas del ciclismo en ruta se da, supuestamente, cuando todos los capos están juntos, sin grandes diferencias de tiempo en la clasificación general. Aunque esto nos suponga horas y horas de aburrimiento a los “enfermos incurables del ciclismo”.

Lo más divertido en el ciclismo por etapas son las clasificaciones generales caóticas, revueltas día a día como si fueran una baraja de naipes. Con todo tipo de ciclistas (escaladores, croners, aventureros, corredores que se defienden en varios terrenos sin destacar especialmente en ninguno…) metidos en la lucha por ganar o por lograr un buen puesto, con la incertidumbre y emoción que ello conlleva. Para que se den estas situaciones es necesario que se programen toda clase de etapas: largas, cortas, planas o con emboscadas, de media y alta montaña, con y sin final en alto, cronos por equipos e individuales llanas o quebradas o en cronoescalada, etc. De esta manera se puede generar, etapa tras etapa, el caos en cuanto al baile de posiciones en la general. Lo que hace que las carreras sean mucho más atractivas y que los espectadores deban estar atentos e informados de todos los cambios sufridos en las clasificaciones.

Leer ¿Cómo equilibrar los recorridos del calendario nacional?)

Los actuales organizadores diseñan las GV como un producto que sea de fácil asimilación para el público masivo, concentrando el espectáculo en los últimos kilómetros y tratando de que “la emoción” se produzca con imágenes lo más impactantes posibles. Por eso la proliferación de las etapas unipuerto, los muritos en cuestas de cabras, las cronos gymkaneras, las salidas de lugares inverosímiles, etc. Al parecer, al espectador no asiduo a este deporte y que no ha conocido otro ciclismo le gustan las “carreras emocionantes” disputadas en un puñado de segundos. Pero tratar de buscar que se den unas clasificaciones generales que apenas tengan cambios en los puestos y en los tiempos logran que los verdaderos aficionados pierdan el interés por las carreras. Porque el publicitado “que pasen pequeñas cosas todos los días” es sinónimo de que nunca pasa nada realmente importante.

Si hasta la UCI reconoció hace pocos años que no aprueban circuitos mundialistas duros o selectivos. Los mandamases del ciclismo quieren recorridos fáciles, para que los Mundiales en ruta no se resuelvan hasta la última vuelta. Todo para que las audiencias de los países donde se vea la prueba no se resientan al ver que sus corredores nacionales quedan eliminados “demasiado pronto” de la disputa por las medallas. Nada que hacer ante la moda de “la emoción”.

El pavé en una GV es espectáculo ciclístico en todo su esplendor

Menos mal que, tras “el largo invierno ciclístico”, todos los marzos se da comienzo por fin la temporada de las bellas y salvajes clásicas primaverales, caracterizadas por la presencia de tramos sin pavimentar (pavé, sterrato), los cortos y empinados bergs flamencos, las carreteras angostas y reviradas y las probables condiciones climatológicas adversas. Desde el Omloop Het Nieuwsblad, pasando entre otras por la Strade Bianche y el Tour de Flandes, hasta la disputa de la más espectacular y esperada de todas, la París-Roubaix, de nuevo tenemos la oportunidad de gozar con un ciclismo muy diferente al que protagonizan los vueltómanos modernos. Tan diferente que casi podríamos hablar de dos deportes, sino escindidos al estilo de como ocurrió con el futbol y el rugby, sí diametralmente opuestos en cuanto a la mentalidad con la que salen a disputar estas carreras de un día sus protagonistas: los conocidos por la afición como clasicómanos pedrusqueros; los últimos gladiadores que nos quedan en el ciclismo en ruta. A disfrutar.