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La Colombia Oro y paz, ¿Será el punto de quiebre para nuestro ciclismo?

Egan Bernal con el trofeo de campeón.  Foto tomada de 90minutos.co

Por @Albamo1

El ciclismo, el deporte que nos apasiona,  tiene raíces muy profundas en el gusto y el corazón de los colombianos. Este fervor se acrecienta cuando nuestros ídolos  se enfrentan a las estrellas  en las grandes citas del pedal, pero si ello ocurre en nuestras carreteras la efervescencia aumenta hasta límites insospechados.

La Colombia Oro Y Paz, primera carrera 2.1 que se disputó en nuestro país conmocionó el cotarro ciclístico  criollo, la presencia de los mejores corredores colombianos en una competencia nacional era algo largamente esperado por la afición, que rememoró épocas y emociones casi olvidas.

En el pasado, el público colmó la vía en esa famosa “Doble a La Pintada”  corrida en 1958, cuando  “El Campeonísimo” Fausto Coppi, acompañado de  Hugo Koblet, (quien también había ganado el Giro y El Tour), se enfrentó a los escarabajos. Poco importó el resultado o si las estrellas europeas ya estuvieran en la etapa final de sus carreras y que  sucumbieran en el mítico  ascenso  a Minas, en la mente del aficionado quedó gravado por siempre el día en que los nuestros se enfrentaron y derrotaron a las grandes figuras  del ciclismo mundial.

Después de esta anecdótica participación tuvieron que pasar 16 años más para que grandes figuras  regresaran,  esta vez formando parte de importantes escuadras para competir en una carrera con todas las de la ley. Ese Clásico  Polímeros Colombianos de 1974 se dió el lujo de congregar a corredores de la talla de Felice  Gimondi, José Manuel Fuente, Giovanni Battaglin, Giambatista Baroncheli, Diomingo Perurena y muchos más, quienes en un momento estelar de sus carreras tuvieron que sufrir condiciones adversas y totalmente diferentes a las que estaban acostumbrados, llevándose una estruendosa derrota ante los ciclistas colombianos, para deleite de una afición cada vez más creciente y  que  abarrotó las carreteras para presenciar esa luminaria de estrellas.

Como consecuencia de la incursión colombiana y su destacada actuación en las carreteras europeas en la década de los 80, era inevitable que los grandes equipos profesionales comandados por sus rutilantes figuras abordaran nuestras carreteras, ayudados por una feroz competencia entre el Clásico y RCN y La Vuelta a Colombia, quienes no ahorraban ni un centavo para contar con los mejores ciclistas del momento, y así desfilaron  Hinault, Simon, Fignon, Kelly, Chiappucci y decenas más, para complacencia de una afición que sentía y vivía un momento de gloria,  que infortunadamente no perduraría por mucho tiempo.

Hinault, Indurain, Coppi, Chiappucci, Pantani, Gimondi, Fignon, grandes campeones que compitieron en Colombia.

 

Cuando se celebró en Colombia el campeonato mundial de ruta en 1995, ya  esa época dorada formaba parte del pasado, el fantasma de la droga, la negligencia  del Estado, el inescrupuloso manejo de los dirigentes de la federación y el olvido por parte de los siempre exitistas medios masivos de comunicación, habían llevado a nuestros ciclistas al ostracismo, y sumido nuestro deporte bandera  en un pozo sin fondo del cual aún  lucha por salir.

Tuvo que surgir una nueva generación de ciclistas para que regresaran los triunfos y un renacimiento de la afición, pero todo esto sucedía fuera de nuestras fronteras, en la lejana Europa. Aquí nada había cambiado: una sucesión de dirigentes que se apoltronaron en la rectora del pedal se oponía férreamente a cualquier aire renovador, la internacionalización del ciclismo  ampliaba  sus horizontes y buscaba  nuevos frentes para pruebas que garantizaran su expansión.

Así se llegó a América. Países como Estados Unidos, Argentina, Brasil, México y hasta la misma Venezuela organizaban carreras avaladas por la UCI, mientras en nuestro país  La Vuelta a Colombia era la única prueba que esporádicamente recibía dicho aval, mas por la misericordia o no sé por qué ocultos intereses de la máxima rectora del ciclismo mundial, puesto que la federación  nunca había cumplido con los requisitos mínimos exigidos.

La revolución de las redes sociales hizo público el deseo de la afición de que nuestras principales carreras formaran parte de ese exclusivo círculo, que permitiría el regreso a  las pruebas nacionales  de nuestras figuras acompañadas de un número importante de estrellas internacionales, además  de una serie de beneficios como la promoción y la oportunidad para el grueso de ciclistas criollos de adquirir un  roce y experiencias muy difíciles de obtener en nuestro parroquial deporte del pedal.

Una carrera importante dentro del calendario de la UCI se convirtió en una necesidad, pero   ante la falta de interés de los dirigentes de la federación, empresarios privados con el apoyo de gobiernos seccionales y el aval de importantes firmas internacionales,  solicitaron oficialmente la realización del Tour del Café, una carrera  2.1, pero  la Fedeciclismo se opuso terminántemente esgrimiendo excusas insulsas, que en realidad buscaban  evitar perder el control total a que se había acostumbrado dentro del ciclismo colombiano,  con todos los intereses económicos que van de por medio.

Ante la presión generalizada  y buscando acallar las voces inconformes, la Fedeciclismo se decidió a organizar la ansiada carrera 2.1,  sin importarle que su realización conllevara la distracción de importantes recursos, degradando La Vuelta a Colombia y afectando el ciclismo femenino y el de pista.  

Así, casi de carambola la Fedeciclismo terminó organizando una carrera que no quería, logrando un éxito rotundo más allá de fallas puntuales propias de la primera edición de una competencia, no por su diligencia y buen manejo, sino gracias a los deportistas que acudieron a la cita y a una  afición ansiosa que esperaba desde hacía mucho tiempo el regreso de sus héroes a casa, para admirarlos y demostrarles su cariño.

En el aspecto deportivo todo marchó sobre ruedas, un recorrido discutido y criticado por algunos conocedores, pero al que los ciclistas le  sacaron el mejor provecho.

Las tres primeras etapas caracterizadas por un terreno plano o con  pequeñas ondulaciones, se desenvolvieron con un libreto similar, fugas tempraneras y controladas   a distancia principalmente por el Quick Steep tenían que concluir con un sprint masivo, donde Fernando Gaviria con el irrestricto apoyo de su equipo se impuso en todas ellas con una casi insultante superioridad.

Gaviria dominó las etapas planas, apenas inquietado por un prometedor Juan Sebastian Molano. Foto de VeloImages

 

Las etapas restantes seguirían con la misma tónica, fugas a las que no se les permitió demasiada ventaja, para que al final los interesados en la clasificación general disputaran los puestos de honor.

Nairo, Rigo, Sergio Henao y Egan Bernal, el presente y futuro del ciclismo colombiano no le fallaron a la afición. Foto de VeloImages

 

El triunfo de Egan Bernal, aprovechando el corto-circuito en las comunicaciones y en la estrategia del Movistar, puso punto final a una competencia que superó todas expectativas y donde  los World Tour colombianos mostraron su jerarquía ante un pelotón local,  donde los cuarentones que han dominado el concierto nacional vieron  disminuido su poderío gracias al control de la AMA sobre las muestras sanguíneas.

La afición colombiana acudió a la cita con sus ciclistas. Foto de Ciclismo en Línea

 

¿Pero este éxito alcanzado es flor de un día o La Colombia Oro y Paz será el punto de quiebre para el ciclismo nacional?

Soy muy optimista respecto al futuro de este tipo de pruebas en Colombia,  tengo la certeza que la Fedeciclismo al darle paso a la realización de una carrera 2.1, con la mayoría de nuestras figuras y con la presencia de importantes equipos del ciclismo internacional y bajo la mirada del mundo entero, no alcanzó a dimensionar lo que esto representó, vivimos en un mundo globalizado donde cada acto tiene repercusiones insospechadas.

Cuando la coyuntura política y los gobernantes de turno le saquen el cuerpo a la federación y abandonen el barco del ciclismo, no se podrá desandar lo andado, y se tendrá que recurrir a los quijotes de siempre y a otros nuevos con deseos de lograr grandes metas para mantener el sendero alcanzado, porque Colombia tiene la madurez para realizar pruebas ciclísticas de gran nivel, gracias a una afición que no se cansa de demostrar su fidelidad al ciclismo, porque goza de una inmensa camada de jóvenes prospectos que buscan la oportunidad de confirmar sus cualidades y porque tiene la voluntad de un  grupo de personas que cuentan con  la capacidad para organizarlas. No veo lejano el día que competencias de mayor nivel, incluso World Tour, se tomen nuestras carreteras, como consecuencia de esa involuntaria apertura que los dirigentes de nuestro ciclismo brindaron y que se puede volver contra ellos como la Espada de Damocles.