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La camiseta arco iris bien vale una traición

Purito

(Por Asier Bilbao y Gustavo Duncan)

Por la mezcla de los intereses nacionales con los de los equipos comerciales y las ambiciones personales de los ciclistas que desean alcanzar la gloria deportiva los Mundiales en ruta son pruebas muy propensas a vivir escándalos bochornosos y traiciones más o menos evidentes.

Quizás haya gente que no se crea que un ciclista profesional pueda “vender sus servicios” a cambio de plata o por unos intereses comerciales. Y mucho menos cuando lleva puesta la camiseta de su selección nacional. Error. Toda la historia del ciclismo profesional, desde la antigua hasta la más reciente, está plagada de actos mercenarios, compra-venta de carreras y etapas, pago y cobro de favores, traiciones, venganzas, engaños, trampas y chanchullos de lo más variado. Los casos se podrían contar por miles, sin exagerar. Por individualidades o por parte de equipos enteros. En las mejores carreras del mundo y también aquí, en Colombia. Poner ejemplos alcanzaría hasta para escribir un libro. Pero que ocurran estas cosas no nos debe extrañar lo más mínimo. Han ocurrido siempre. Son parte del ciclismo profesional. Ha habido casos en los cuales daba hasta vergüenza ajena presenciarlos en directo por TV. Vamos a relatar algunos de los más conocidos ocurridos en la historia de los Campeonatos del Mundo de ciclismo en ruta:

Ronse 1963

El amargo y tenso pódium de Ronse 1963

En carrera todo iba perfecto y según lo previsto en el guión para los belgas. Hasta que en el embalaje final apareció de la nada un muchacho desconocido llamado Benoni Beheyt, que estuvo escondido y reservando fuerzas toda la carrera, sin trabajar ni un momento para su selección… y al final decidió buscar su momento de gloria… ¡sprintando a su propio jefe de filas! Cuando Van Looy vio que su “compañero” de selección estaba remontándolo tuvo que recurrir a cerrarle el paso y sujetarlo del sillín. Pero Beheyt lo apartó para no irse al suelo y le ganó en la misma línea de meta.La traición vivida ese año debió ser un escándalo mayúsculo en su momento. Pongámonos en situación: un Mundial en el país donde el ciclismo es religión, con un circuito diseñado para que el ídolo local Rik Van Looy (Rik II para los flamencos), uno de los mejores sprinters de la historia, ganara su 3er arco iris.

Van Looy reclamó a los jueces para que descalificasen a su compañero. Y por poco pierde él mismo la medalla de plata por su juego sucio. En la foto de pódium se ve que Beheyt no quiere ni levantar la mirada del suelo; con Van Looy con cara de querer estrangularlo con sus propias manos allí mismo. Y el público, que en vez de estar contentos con el 1-2 belga, parece estar pensando en elegir de donde van a colgar al traidor.

Podría pensarse que ganarse el derecho a portar la camiseta arco-iris bien vale una traición. Pero no siempre es así. Beheyt ganó aquel Mundial pero arruinó su carrera como ciclista. Se convirtió en una especie de apestado al que nadie quería en su equipo. La carrera del campeón del mundo fue muy corta porque Van Looy movió todos los hilos que pudo para sacarlo del ciclismo; consiguiéndolo.

Ronse 1988

De rozar la gloria a la decepción de quedarse con las manos vacias

Esta localidad belga volvió a ser protagonista 15 años después de uno de los mayores escándalos de la historia del ciclismo que se recuerde. La resolución del Campeonato del Mundo de ese año fue de las de llevarse las manos a la cabeza, porque era difícil creer que aquello pudiera estar ocurriendo realmente en plena disputa de una carrera tan importante. Todo parecía indicar que el ídolo local Criquielion iba a disputarse la victoria con Maurizio Fondriest, un prometedor italiano de apenas 23 años. Pero dentro ya del último kilómetro, por andar vigilándose entre ellos los alcanzó Steve Bauer; un viejo conocido del valón, pues entre ellos dos y Claudio Corti se repartieron las medallas del Mundial de Barcelona 1984.

El rubio canadiense, el peor embalador de los tres, lanzó el sprint a 200 metros de la meta. Cuando Criquielion comenzó a remontarlo Bauer lo cerró contra las vallas y lo empujó con el codo, provocando la caída del bueno de “Crique”. Y un jovencísimo Fondriest cruzó la línea de meta que no se lo creía, al encontrarse de aquella manera con el regalo de su vida.

Los de Ronse 1963 y 1988 podrían considerarse dos “Maracanazos ciclísticos”. La imágen de Criquielion cruzando la meta caminando, con la bici rota en la mano, es un ícono del ciclismo moderno. Está claro que si Bauer no lo cierra contra las vallas, Criquielion iba a enfundarse su 2º arco iris; lo que llevaría al belga a pasar a ser una leyenda del ciclismo. Por supuesto, el canadiense fue descalificado por su acción. Y tras el escándalo, Bauer, que hasta entonces vivía en Bélgica durante la temporada, tuvo que trasladar su residencia fuera de ese país. Criquielion lo demandó penalmente por asalto criminal; pidiendo 1.5 millones de dólares en daños y perjuicios, en un caso que duró más de cinco años. Los distintos tribunales fallaron siempre a favor de Bauer, desestimando el asunto al considerarlo como un lance del deporte.

Valkenburg 1979

Raas, la bici de Battaglin, Bernaudeau y Thurau

La de Ronse 1988 no era la primera vez que un Mundial se decidía por una caída en el embalaje de meta. Pero si fue la primera vez que pudo verse en directo para todo el mundo a través de las pantallas de televisión. De ahí la magnitud del escándalo.

Nueve años antes, en el Mundial de Valkenburg, se dio un caso parecido. En el sprint final lanzado entre Dietrich Thurau, Jan Raas, Giovanni Battaglin y Jean-René Bernaudeau, cuando Thurau vio que Raas lo remontaba por la derecha dio un bandazo violento para tratar de cerrarlo. Todos tuvieron que moverse bruscamente a derecha para evitar caerse, con tan mala suerte que la rueda delantera de Battaglin fue barrida por el movimiento de Raas, tumbando al italiano. Al final ganó fácil el legendario embalador neerlandés. Pero a diferencia de lo que ocurriría años después con Bauer, Thurau no fue descalificado por su muy evidente acción anti-reglamentaría de cambiar la trayectoria durante el embalaje.

Barcelona 1973

El cuarteto de lujo que se jugó la victoria

Tullio Campagnolo, creador y propietario de la legendaria empresa de componentes de bicicletas de su mismo nombre, había pedido a Merckx, a cambio de una jugosa bonificación económica, que hiciera lo posible para que no ganara un corredor que no montara Campagnolo (todo por la publicidad). Merckx puteó a su compatriota Maertens durante la prueba para que este no ganara. Y así ocurrió finalmente. Gimondi no se podía ni creer que había vencido en meta a dos súper-sprinters como Merckx y Maertens (este último uno de los mejores embaladores de la historia), la selección de Bélgica solo consiguió una medalla de plata en ese Mundial y los dos belgas dejaron de hablarse durante más de 30 años.Pocos años antes, en el duro circuito del Castillo de Montjuich, bajo un calor infernal, iban escapados con casi dos minutos de ventaja Luis Ocaña, Felice Gimondi y los belgas Eddy Merckx y Freddy Maertens. A poco del final atacó Merckx y el joven Maertens se fue a su rueda, sin darle un solo relevo. ¿Por qué no colaboraban, cuando los dos pertenecían a la misma selección? Porque Maertens, mejor embalador que Merckx, llevaba su bici equipada con componentes Shimano, mientras Merckx y Gimondi llevaban Campagnolo.

Goodwood 1982

Saronni sacó una distancia sideral en el sprint

Uno de los episodios más indignantes de deslealtad hacia un compañero de selección sucedió a finales de agosto de ese año en la campiña inglesa. Y el corredor que perpetró la traición ni siquiera lo hizo para ganar él; ni para asegurar la victoria de otro compatriota.

Tras varias escaramuzas bien controladas por la selección italiana en la vueltas finales del circuito mundialista, cuando se llegó al último kilómetro, el estadounidense Jonathan Boyer, con quien nadie contaba, atacó sorprendentemente y cogió unos metros importantes que podrían darle opciones de ganar el Campeonato del Mundo. Pero en el repecho que llevaba a meta se ve tirar endemoniadamente del grupo perseguidor… ¡a su compatriota Greg Lemond! La aceleración del individualista Lemond neutralizó el ataque de Boyer, poniendo en bandeja la victoria al italiano Beppe Saronni, quien acto seguido lanzó un terrible latigazo, pocas veces visto en la historia del ciclismo, que le valió para llegar muy destacado a meta y ganar el oro mundialista. 

Tras pasar la línea de meta, un Boyer casi al borde del llanto sentía que Lemond le había traicionado, porque nunca debería haber sido un compañero de equipo el que cerrara el hueco después de su ataque en la subida final.

Lisboa 2001

1-2 del Mapei en Lisboa

En la última vuelta al circuito mundialista el italiano Gilberto Simoni atacó con todas sus fuerzas en la cota de Pimenteira; y ante la falta de entendimiento del lote perseguidor sacó la suficiente ventaja como para soñar que podría llegar solo a meta. Hasta que su compatriota Paolo Lanfranchi, del equipo Mapei, tumbo la escapada tirando como un poseso del pelotón, como si le fuera la vida en ello.

¿Por qué lo hizo, en un caso que provocó un bochorno mayúsculo en el aficionado ciclista? Porque Giorgio Squinzi, patrón del Mapei, dio la orden antes de carrera a sus corredores, no importaba de que selección, que hicieran todo lo posible para que ganara uno de su equipo. Todo por la rentabilidad publicitaria que da el maillot arco-iris. Cuando Simoni cogió demasiada ventaja, Paolo Bettini, jefe de filas de la selección italiana e integrante del equipo Mapei,decidió que si no ganaba el no ganaba ningún italiano y le recordó la orden del patrón a Lanfranchi (también corredor del Mapei). Y efectivamente, los 2 primeros en meta, Freire y Bettini, pertenecían al equipo Mapei. Aunque el vencedor no fue italiano. Eso poco le importaba a Squinzi.

Florencia 2013

Sonrisas y lágrimas, la cara y la cruz del ciclismo

Lo que es seguro es que lo vivido en los kilómetros finales de este campeonato es el típico caso de dos ciclistas que van a su aire y no trabajan más que defendiendo sus propios intereses personales. Purito Rodríguez vs. Alejandro Valverde. Dos egoísmos en busca del arco-iris. Cuando en el grupo de cuatro que se iban a jugar las medallas los españoles tenían superioridad numérica y a la vez al mejor embalador la única táctica que vale es controlar a los otros dos componentes de la fuga para llegar juntos a meta. Pero Purito insistió una y otra vez en jugar sus bazas personales, sin querer trabajar para asegurar el oro de Valverde; el metal más preciado, el único que vale cuando la situación es tan favorable a los intereses nacionales. Y la jugada le salió excelente al catalán, porque iba a ganar la carrera con toda seguridad. Pero al final ocurrió lo inesperado. Tras la sangrante cagada de “su propio compañero” sin salir a neutralizar el cambio de ritmo (que no fue ni ataque) de Rui Costa y quedándose a rueda de Nibali, los dos españoles se quedaron con la plata y el bronce, que seguro les supo a nada.Tras pasar la línea de meta pudimos escuchar a Purito y Valverde discutiendo amargamente y al seleccionador español criticando ante la prensa la inoperancia del murciano. En el pódium la imagen de felicidad de Rui Costa contrastaba con la amargura de un Purito que no podía contener las lágrimas y la cara de circunstancias de Valverde, como si la cosa no fuera con él.El último escándalo vivido en unos Mundiales fue el ocurrido a poco más de un kilómetro de la meta de la capital toscana. ¿Traición o embarrada monumental? Porque aquel año Valverde y Rui Costa eran compañeros de equipo y al parecer eran buenos amigos. Pero dada la inoperancia táctica y la poca visión de carrera mostrada por Valverde durante toda su carrera profesional no podríamos afirmar con certeza cual es la respuesta correcta.